Fuera y dentro del arte contemporáneo:

comunidad y territorio en las prácticas colaborativas de Valparaíso

 

Presentación

Esta investigación estuvo, desde su inicio, impulsada por intuiciones. Comenzamos a ver cómo grupos de artistas y agentes culturales en un contexto regional elaboraban modelos de trabajo en base a la colaboración, la preocupación por el territorio y la comunidad, generando proyectos de un sorprendente compromiso social.

El fenómeno que estábamos mirando, a medida que nos acercábamos, se exhibía no solo inédito en su naturaleza, sino también en escala. Intuición así se intercambiaba a ratos por desorientación, bajo dos preguntas muy sencillas que desde nuestra formación parecían inevitables: cómo mirar y cómo nombrar.

En Chile existe un pudor a nombrar. Es, asumimos, consecuencia de aquellos relatos que se han instalado como una suerte de fórmula, ellos han determinado las formas de mirar y nombrar; decidieron qué era experimental y qué era crítico en tiempos pasados y hoy todavía influyen a nuestras generaciones sobre qué es digno de ser estudiado.

La canonización de ciertas formas de acción y ciertas formas de política, de ciertas formas de “inteligencia”, en la producción artística pero sobre todo en su teorización, es uno de los diagnósticos de campo de los cuales es posible derivar muchos otros, que ya bastante hemos repetido, pero muy poco intentado convertir. Cansados todos de reiterar –lo poco o nada– que se ha dicho de un arte precedente, se hace evidente la necesidad de refrescar la mirada. Muchas cosas han cambiado en la última década en nuestro país como para que la forma de pensar el arte se mantenga intacta.

Pensando en eso, bajo el contexto que observábamos, se hizo claro que hay algo antes de la pregunta al “cómo mirar” y es qué está operando en la elección de lo mirado. Justificar dicha elección en sí misma se fue convirtiendo en uno de los objetivos de esta publicación. Sabíamos que no era un objetivo cartografiar ni documentar la escena cultural porteña, no porque esto no fuera importante y necesario, sino porque confiábamos que desde cierta especificidad podíamos entregar una información administrada que al menos intentara hacer algo por dichos diagnósticos. 

Conscientes del descaro de hablar desde la posición del observador, decidimos tomar la palabra sobre este escenario, desde un declarado lugar intermedio entre la academia y el trabajo de campo. La academia suele vivirse como un lugar lleno de herramientas pero también de prejuicios, sobrevive en una batalla silenciosa entre tradición y lucidez (sobrevive también gracias a esa todavía aparentemente necesaria “neutralidad”). Las estrategias que pueden elaborarse desde el trabajo de campo, abren una ventana y permiten que entre algo de aire. Al riesgo de perderse, busca respuestas en ese afuera, “el mundo real” fuera de la academia, resolviendo a pulso los límites de lo que sea que se estudie de eso que llamamos arte contemporáneo.

entrama

Fue en ese camino que las intuiciones comenzaron a convertirse en convicciones metodológicas. No pretendíamos inventar una tradición para las prácticas colaborativas, no intentábamos tampoco trazar un mapa abarcador de todo aquello que encajara con las definiciones propuestas, solo proporcionar algunos antecedentes del fenómeno que percibimos viene a modificar algunos paradigmas del arte actual en la escena local.

Imaginamos la escena cultural y artística de Valparaíso como un sistema autopoiético, como un organismo que pudo crearse a sí mismo, que se configura a partir de la suma de condiciones, materialmente hostiles, afectivamente fecundas e históricamente complejas, un gran organismo que sobrevive, reproduce y propaga, a pesar de todas las calamidades urbanas con la que debe coexistir.

Esto fue lo que se nos presentó como enormemente seductor; la cultura ahí sobrevive como un virus, se esparce, configurándose en respuesta a diferentes instrumentalizaciones.

Para observarla había que entonces mirar la ciudad y su historia, sus problemas arrastrados y otros más recientes; había que reparar en como los espacios son habitados, en la formas que toma la vocación comunitaria, en las urgencias y preocupaciones de los agentes involucrados. Allí donde la obra ha perdido su soberanía y la historia con mayúscula toda orientación lineal o causal, en esa especie de caída libre, nos sentimos impulsados y obligados a articular relatos posibles.

Consuelo Banda y  Carol Illanes
Diciembre 2014